18 octubre 2009

AFORTUNADO DE MÍ

sangre
De pronto me sentía feliz. No sé por qué, al sonar el telefonillo di un respingo de la cama con el corazón sobresaltado. Algo, alguna cosa dentro de mí mismo me sugería que hoy podría ser un buen día. ¿Alguien sabe lo que cuesta hacerse con uno de esos buenos momentos que producen sonrisas? Yo me hice con uno. Lo metí dentro de una caja de zapatos y rápidamente, con un cuchillo, practiqué unos orificios en la tapa. Puse dentro un comedero y un bebedero. El momento estaba ahí. Sentí muy dentro la dicha..., y por otra parte la nostalgia de no haberlo tenido antes. Pero estaba encerrado; el momento estaba quieto, agazapado en un rincón y temí que se me escapara. De vez en cuando sonaba ruido. Mira, -le decía a mi mujer- ahora está comiendo/ ahora bebe /¿crees que habrá cagado? / Igual se lo limpio mañana, tal vez pasado mañana, ya sabes lo dejado que soy para estas cosas-.

Después de recoger al niño del colegio, lo primero que hice fue mover la caja a ver si aún estaba vivo. Lo estaba. Estaba dando vueltas por toda la superficie de la caja como queriendo salir y me dio pena. "Me das un poco pena, mi momento del alma"

Y me la daba.

Así que yo sonreía, comencé a cantarle baladas y cosas por el estilo porque suponía que eso también a él le haría feliz. Al cabo de unos instantes, pensé en que ya era hora la de tomar el café. Dios santo, qué felicidad. Un café y un cigarro..., y de repente abrí la caja y me puse a practicar la autopsia al momento. Cuántas cosas tenía dentro.

Me puse algo triste y no paraba de imaginar cómo ese momento había llegado hasta mi caja de zapatos de tacón alto, que yo había cogido del armario de la ropa. Cuántas penurias para que ese momento se escindiese entre mis manos.

Y la sangre me envolvía por completo.

Y pensaba que mis muñecas presentaban dos incisiones y de ellas brotaba mucha más sangre.

Todo lleno de sangre.

Apestaba.

Es el olor típico de la sangre - le dije a mi mujer-, la gente que se ahorca, deja semen.

Irradiaba sangre del momento y yo le metía las manos; escrutaba, sobre todo en las vísceras, para ver de qué color era la sombra. Mezclaba la sangre de mis manos con su sangre y el reguero se extendía por toda la casa.

Mi hijo dice que para qué quiero yo tanta sangre.

Cosas de mayores. Yo, cuando tenía tu edad, pensaba que la sangre era fea.

Ya teníamos un metro de sangre y las paredes dejaban de ser monocromáticas. Ahora el azul estaba siendo absorbido por el rojo y quedaba bien.

Azul y rojo, mamá, la casa está de azul y rojo.

Mi mujer se tenía que ir a trabajar y me dio un beso en la boca. Luego hizo lo propio con el niño que ya tenía la boca abierta y decía que era como si oliese a algo raro. Estaba fascinado.

Todos olemos así por dentro, hijo -dijo mi mujer y salió presurosa por puerta.

Ten cuidado, cariño, con toda esa sangre.

Y eso hice, David.

1 Comentarios

1 Comentarios:

A las octubre 19, 2009 3:53 p. m., Blogger Voltios dijo:

de lo poco que he leído hasta ahora de ángel, me va gustando.


un abrazo antonio y ya hablamos pa kedar

 

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